Prof. Claudia Pérez

Dra. en Letras

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29 ago. 2013

Todorov. Crítica de la crítica

http://pt.bookos.org/g/Tzvetan%20Todorov

Cap. "Una crítica dialógica?"

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26 ago. 2013

A. Gramsci - La formación de los intelectuales


http://www.gramsci.org.ar/




Antonio Gramsci: La formación de los intelectuales 2
La formación de los intelectuales
Antonio Gramsci
¿Son los intelectuales un grupo social autónomo e independiente, o todos los grupos sociales tienen sus propias categorías de intelectuales especializados? El problema es complejo por las diversas formas que ha asumido hasta ahora el proceso histórico real de la formación de las distintas categorías intelectuales.
Las más importantes de esas formas son dos:
Primera)
Todo grupo social que surge sobre la base original de una función esencial en el mundo de la producción económica, establece junto a él, orgánicamente, uno o más tipos de intelectuales que le dan homogeneidad no sólo en el campo económico, sino también en el social y en el político. El empresario capitalista crea consigo al técnico de la industria, al docto en economía política, al organizador de una nueva cultura, de un nuevo derecho. Es preciso señalar que el empresario representa un producto social superior, caracterizado ya por cierta capacidad dirigente y técnica, es decir, intelectual. Además de en su esfera de actividad e iniciativas, debe poseer determinados conocimientos técnicos en alguna otra, al menos en la más próxima a la producción económica. Debe ser un organizador de masas, organizador de la "confianza" de los inversionistas en su administración, de los compradores de su mercancía, etcétera.
Si no todos los empresarios, sí un núcleo selecto, requerido por la necesidad de establecer las condiciones más favorables para la expansión de su clase, debe poseer una aptitud adecuada de organizador de la sociedad en general, desde sus múltiples instituciones de servicios hasta el organismo estatal. Y en todo caso, tiene que tener la suficiencia para seleccionar y elegir a los "encargados" o empleados especializados a quienes confiar esta actividad organizadora de las relaciones generales al margen de la administración. Se puede observar que las actividades de los intelectuales "orgánicos"'1* que toda dase nueva establece consigo y que forma a lo largo de su desarrollo progresivo son, por lo demás, “especializaciones” de los aspectos parciales de la actividad primaria del nuevo tipo social surgido de la nueva clase.
También el señor feudal2 poseía una competencia técnica especial: la militar; la crisis del feudalismo se inicia desde el momento en que la aristocracia pierde el monopolio de la capacidad técnico-militar. Pero la formación de los intelectuales en el mundo feudal -y en el clásico que le precedió- precisa de un examen particular, ya que Antonio Gramsci: La formación de los intelectuales 3

su aparición y desarrollo se producen por caminos y medios que han de estudiarse concretamente. Es de advertir que la masa de los campesinos, aunque ejerce una función necesaria en la esfera de la producción, no crea intelectuales propios, orgánicos, y no asimila ningún tipo de intelectuales tradicionales, a pesar de que otros grupos sociales extrajeron muchos de sus intelectuales de esa misma masa campesina y de que la mayoría de los intelectuales tradicionales son de origen campesino.
Segunda)
En la historia, todo grupo social "fundamental"3 que brota como expresión de la nueva estructura en desarrollo -la que a su vez surge de las precedentes estructuras económicas- ha encontrado, hasta ahora, las categorías intelectuales preexistentes, que más bien se mostraban como representantes de una continuidad histórica ininterrumpida hasta para las más complicadas y radicales transformaciones de las formas sociales y políticas.
La más típica de estas categorías de intelectuales es la de los eclesiásticos. Esta categoría monopolizó por largo tiempo -toda una fase histórica simbolizada en parte4 por este monopolio- algunas actividades importantes: la ideología religiosa o sea, la filosofía, y la ciencia de la época; y con ellas la escuela, la enseñanza, la moral, la jus-ticia, la beneficencia, etc. La categoría de los eclesiásticos se puede considerar como la jerarquía intelectual orgánicamente ligada a la primitiva aristocracia de la tierra y estaba jurídicamente equiparada con ella, repartiéndose el ejercicio de la propiedad feudal y el disfrute de los privilegios estatales enlazados a la propiedad. Pero el monopolio de la supraestructura por parte de los eclesiásticos no estaba exento de luchas y limitaciones; por eso surgieron en variadas y concretas formas de investigación y estudio otras categorías adecuadas y de mayor volumen, para reforzar el poder central del monarca hasta el absolutismo. Así comienza a formarse la aristocracia de la toga5 con sus propios privilegios y jerarquías de administradores, científicos, teóricos, filósofos no eclesiásticos, etcétera.6
Como estas diversas categorías de intelectuales tradicionales se sentían con espíritu de cuerpo, la historicidad de su cualificación se mantuvo ininterrumpida, colocándose de por sí en posición autónoma e independiente del grupo social dominante. Esta auto-posición tuvo consecuencias, y de largo alcance, en el campo ideológico y político. Toda la filosofía idealista se puede relacionar fácilmente con este supuesto asumido por el conjunto social de los intelectuales, y tal postura puede definirnos también el significado de utopía social que orilló a los intelectuales a creerse independientes, autónomos, revestidos de propia representación7
Sin embargo hay que advertir que si el Papa y los altos jerarcas de la Iglesia se estiman más ligados a Cristo y a los apóstoles que a los senadores Agnelli y Benni8 no pasa lo mismo con Gentile y Croce, tomemos por caso. Especialmente Croce, se siente estrechamente ligado a Aristóteles y a Platón y no oculta, sino al contrario, su ligazón con los senadores Agnelli y Benni, y ahí es donde hay que buscar las características más relevantes de la filosofía de Croce.9
¿ Cuáles son los "máximos" límites de la acepción de intelectual? ¿Puede hallarse un criterio unánime para caracterizar las diversas y dispares actividades intelectuales distinguiéndolas, al propio tiempo y en esencia, de las correspondientes a otros grupos sociales? Me parece que el error de método más extendido es haber buscado esta estimación de lo diferencial en lo intrínseco de la labor intelectual, en lugar de situarla Antonio Gramsci: La formación de los intelectuales 4

en el conjunto del sistema de relaciones en el que ellos -y por consiguiente los grupos que les personifican- vienen a unirse al complejo general de las relaciones sociales. Ciertamente, por ejemplo, el trabajador o proletario no se caracteriza específicamente por su labor manual o mecánica si su trabajo no se sitúa en determinadas condiciones y relaciones sociales (aparte de la consideración de que no existe trabajo que sea puramente físico; de donde se desprende que la expresión de Taylor10 sobre "el gorila amaestrado" es una metáfora para indicar un límite en determinada dirección. En cualquier trabajo físico, aun en el más mecánico y descalificado, existe un mínimo de calidad técnica, un mínimo de actividad intelectual creadora). Ya se hizo observar que los empresarios, por su misma función, deben tener, en cierta medida, una serie de cualidades de tipo intelectual, pero su personalidad social no está definida por estas cualidades, sino por las relaciones sociales generales, que precisamente caracterizan su posición de empresario en la industria. Por consiguiente, podría decirse que todos los hombres son intelectuales, pero que no todos tienen en la sociedad la función de intelectuales.11
Cuando se establece el distingo entre intelectuales y no intelectuales, en realidad se está haciendo mención al inmediato ejercicio social de la categoría profesional de los intelectuales; es decir, se considera la dirección en que recae el mayor volumen de la actividad profesional: si se produce en energía intelectual o en esfuerzo nervioso-muscular. Esto significa que si bien se puede hablar de intelectuales, no podemos referirnos a no intelectuales, porque el no intelectual no existe. Pero la relación entre el esfuerzo de trabajo intelectual-cerebral y el muscular-nervioso, no es siempre uniforme, ya que se presentan diversas calidades de ocupación intelectual. No existe humana facultad de obrar de la que quepa excluir toda intervención intelectual; no se puede separar el homo faber del homo sapiens12 En fin, todos los hombres, al margen de su profesión, manifiestan alguna actividad intelectual, y ya sea como filósofo, artista u hombre de gusto, participa de una concepción del mundo, observa una consecuente línea de conducta moral y, por consiguiente, contribuye a mantener o a modificar un concepto universal, a suscitar nuevas ideas.
Por tanto, el problema de crear un nuevo tipo de intelectual radica en desarrollar críticamente la manifestación intelectual -que en todos, en cierto grado de evolución, existe- modificando su relación con el esfuerzo muscular-nervioso en un nuevo equilibrio, consiguiendo que éste, como elemento de actividad práctica general que renueva perpetuamente el mundo físico y social, se convierta en el fundamento de una nueva e integral concepción del mundo.
El tipo tradicional de intelectual se confiere vulgarmente al literato, al filósofo, al artista… Por eso, los periodistas que se creen escritores, filósofos o artistas se consideran también verdaderos intelectuales. En la vida moderna, la educación técnica estrechamente conectada al trabajo industrial, aun el más primario y descalificado, debe formar la base del nuevo tipo de intelectual.13
Sobre este principio ha trabajado el semanario L'Ordine nuovo orientado a desarrollar ciertas formas del nuevo intelectualismo y a determinar conceptos nuevos, y el hecho de que el planteamiento corresponda a necesidades latentes y a la evolución de las formas de vida actual, ha sido uno de los motivos que explican su éxito. El modo de ser del nuevo intelectual no puede consistir ya en la elocuencia como motor externo y momentáneo de afectos y pasiones, sino en enlazarse activamente en la vida práctica como constructor, organizador y persuasor constante -pero no por orador- y, con todo, remontándose por encima del espíritu abstracto matemático; de la técnica-trabajo se llega a la técnica-ciencia y a la concepción humanística-histórica sin la cual se es "especialista", pero no se es "dirigente" (especialista + político).14 Antonio Gramsci: La formación de los intelectuales 5

Se establecen así, históricamente, las categorías de intelectuales especializados para el ejercicio de su función; se integran conectadas a todos los grupos sociales y, especialmente, a los más importantes, donde experimentan singular, fuerte y compleja formación vinculados al grupo social dominante. Una de las características sobresalientes de todo grupo en desarrollo hacia el poder es su lucha por conquistar y asimilar la ideología del intelectual tradicional, y esto se produce con mayor rapidez y eficacia cuando el grupo dado, pronta y simultáneamente, crea sus propios intelectuales orgánicos.
El enorme desarrollo -considerado en el sentido más amplio- adquirido por el movimiento y la organización escolar en la sociedad que surge de la época medieval, denota la importancia que en el mundo moderno asumieron las categorías y las funciones intelectuales; indica cómo se ha buscado profundizar y ampliar la intelectualidad de cada individuo y también multiplicar las especializaciones, perfeccionándolas. De esto se derivan las instituciones escolares de diversos grados y los organismos para promover en todo campo de ciencias y técnicas la llamada "cultura superior".
La escuela es el instrumento de preparación de intelectuales de diversas categorías. El conjunto de la labor intelectual en los distintos Estados se puede apreciar, objetivamente, por la cantidad de escuelas especializadas y la jerarquización de que gozan. Cuanto más extensa es el "área" escolar y abundantes los "grados superiores" de enseñanza de un Estado determinado, más vigorosa es su esfera cultural y su sociabilidad. A semejanza, podemos referirnos al campo de la técnica industrial. Y vemos que la industrialización de un país se estima por sus instalaciones para la fabricación de máquinas herramientas y por su fabricación de instrumentos y equipos de precisión. El país que dispone de la mejor instalación para la fabricación de instrumentos para los gabinetes de experimentación científica y para construir aparatos de comprobación de tales instrumentos, puede decirse que es el más completo en la esfera técnico-industrial, el de mayor sociabilidad. Así ocurre en la preparación de los intelectuales y las escuelas a tal fin; escuelas e institutos de alta cultura son semejantes.
En esta materia tampoco se puede desligar la cantidad de la calidad: a la preparación técnico-cultural más elevada no puede dejar de corresponder la amplísima difusión de la instrucción primaria y la suma solicitud para favorecer al máximo a los grados intermedios. Naturalmente que la necesidad de establecer la base más vasta posible de selección y formación de intelectuales de calificación superior, es decir, de dar una estructura democrática a la cultura y técnica superiores, no deja de tener inconvenientes, pues, como sucede de hecho en toda sociedad moderna, se crea, de ese modo, la posibilidad de grandes crisis de desocupación entre las capas medias intelectuales.
Es de advertir que la formación de los estamentos intelectuales en la realidad concreta no se produce en un terreno democrático abstracto, sino conforme a procesos históricos tradicionales muy precisos. Se crean por las capas que tradicionalmente "producen" intelectuales y que son las mismas que habitualmente se especializan en el "ahorro", o sea, la pequeña y la media burguesía del campo y algunos estratos de las de la ciudad. La variada distribución de los diferentes tipos de escuelas –clásicas y profesionales- en el terreno "económico" y las diferentes aspiraciones de las varias categorías de estas capas, determinan o conforman la producción de las múltiples ramas de especialización intelectual. Así, en Italia, la burguesía rural presenta, especialmente, Antonio Gramsci: La formación de los intelectuales 6

funcionarios estatales y profesionales, mientras la burguesía citadina procura técnicos para la industria. Por eso, en el norte de Italia se forman, singularmente, los técnicos, y con similar particularidad, en el sur los funcionarios y los profesionales.
La relación entre los intelectuales y la esfera de la producción no es inmediata, como sucede con los grupos sociales fundamentales, pero es "mediata", y en diferente escala, en toda la trama social, en el conjunto de la supraestructura de la que, precisamente, los intelectuales son funcionarios. Se podría estimar lo “orgánico” de las distintas capas de intelectuales, su mayor o menor conexión con un grupo social básico, fijando una graduación de las funciones y de la supraestructura desde abajo hacia arriba, desde la base estructural hasta lo alto. De momento, se pueden establecer dos grandes "capas" superestructurales: la llamada, por así decir, "sociedad civil", que abarca al conjunto de organismos vulgarmente denominados "privados" y la "sociedad política o Estado", que corresponde a 1a función "hegemónica" que el grupo dominante ejerce sobre toda 1a sociedad y al "poder de mando directo" que se manifiesta en el Estado y en el gobierno "jurídico”15
Estas funciones son, precisamente, organizativas y de conexión. Los intelectuales son los "empleados" del grupo dominante a quienes se les encomiendan las tareas subalternas en la hegemonía social y en el gobierno político; es decir, en el consenso "espontáneo" otorgado por las grandes masas de la población a la directriz marcada a la vida social por el grupo básico dominante, consenso que surge "históricamente” del prestigio -y por tanto, de la confianza- originado por el grupo prevalente por su posición y su papel en el mundo de la producción; y en el aparato coercitivo estatal, que asegura “legalmente” la disciplina de los grupos activa o pasivamente en “desacuerdo”, instituido no obstante para toda la sociedad en previsión de momentos de crisis de mando y de dirección, cuando el consenso espontáneo declina.
Este planteamiento del problema presenta una gran amplitud del concepto de intelectual, pero sólo así es posible llegar a una concreción aproximada de la realidad. Este modo de proyectar la cuestión choca con los prejuicios de casta. Es verdad que la propia labor organizativa de la hegemonía social y del dominio estatal dan lugar a una cierta división del trabajo y, por consiguiente, toda una graduación de calificaciones, de alguna de cuyas matizaciones están ausentes las atribuciones organizativas y directivas, ya que en el aparato de dirección social y estatal existe toda una serie de empleos de carácter manual y especializado, de sistema y no de concepto, de subalternos, no de jefes o funcionarios. Pero, evidentemente, estas distinciones son necesarias, como se precisará, también, hacer algunas otras. De hecho, la actividad intelectual debe diferenciarse en grados, también desde el punto de vista intrínseco, pues tal graduación, en momentos decisivos, ofrece una verdadera diferencia cualitativa en sí. A los escalones superiores habrán de llevarse a los creadores en las diversas ciencias, en la filosofía, en las artes, etc., y a los inferiores, a los más modestos administradores y divulgadores de la riqueza intelectual ya existente, acumulada.16
La categoría de los intelectuales, entendida de este modo, se ha extendido en forma inaudita en el mundo moderno. En el sistema social democrático burgués se han creado imponentes masas de intelectuales que no se justifican solamente para la atención de las necesidades de la producción, sino también para las exigencias políticas del grupo básico dominante. De aquí la concepción loriana del trabajador improductivo17 (¿pero improductivo con referencia a qué y a cuál modo de producción?), la que podría disculparse, en parte, si se toma en cuenta a ese núcleo que saca el mayor provecho de Antonio Gramsci: La formación de los intelectuales 7

su posición asignándose grandes ingresos sobre la renta nacional. La organización de la masa ha nivelado a los individuos en su calificación y psicología, determinando los mismos fenómenos que en las demás masas uniformadas: la concurrencia, que plantea la necesidad de la organización profesional de defensa de sus intereses, la desocupación, la superproducción escolar, la emigración, etc.
Pluralidad de situaciones de los intelectuales urbanos y rurales
Los intelectuales de tipo urbano se encuentran enlazados18 a la industria y unidos su suerte. Su tarea puede compararse a la de los oficiales subalternos del ejército: no tienen ninguna iniciativa autónoma en la elaboración y planeamiento de la producción; relacionan, articulan a la masa de trabajadores especializados19 con el empresario, preparan la ejecución inmediata del plan establecido por el Estado Mayor de la industria, y controlan las fases laborales elementales.El promedio de los intelectuales urbanos se encuentra, por lo general, en situación muy uniforme; el resto se confunde cada vez más con el verdadero Estado Mayor industrial.
Los intelectuales tipo rural son, en su mayoría, "tradicionales", ligados a la población campesina y a la pequeña burguesía de la ciudad (particularmente de las pequeñas) aún no atendidas y puestas en movimiento por el sistema capitalista. Abogados, notarios, etc., relacionan a la masa aldeana con la administración estatal o local, jugando, por tanto, un gran papel político-social, ya que la actividad mediadora profesional difícilmente puede carecer de la correspondiente relación política. En otras palabras, en la campiña, el intelectual -ya sea sacerdote, abogado, maestro, notario o médico- goza de un nivel de vida diferente, cuando no superior, al del aldeano medio, razón por la cual representan el modelo social en la aspiración aldeana a salir de su condición, mejorándola.
El campesino anhela siempre que por lo menos uno de sus hijos llegue a ser intelectual -especialmente le agrada el sacerdocio-; es decir, que se convierta en señor, elevando así el rango social de la familia y facilitándole la vida económica por la influencia, que no dejará de tener, cerca de los demás señores. La actitud del aldeano hacia el intelectual es doble y contradictoria: admira la posición social del intelectual y del empleado estatal en general; sin embargo, a veces, fingen despreciarla, o sea, que su admiración encierra rasgos parciales de envidia e ira. No se entenderá nada de la vida colectiva aldeana ni de los gérmenes y fermentos de desarrollo que contienen, si no se toma en consideración, si no se estudia en concreto y no se profundiza sobre la influencia que sobre ellos ejercen los intelectuales. El desarrollo orgánico de la masa aldeana está ligado hasta cierto punto al movimiento de los intelectuales, en el que se inspira.
Los intelectuales urbanos son un caso distinto. Los técnicos de fábrica no cumplen ninguna misión política sobre el conjunto de trabajadores especializados, ya que, en definitiva, tal función correspondió a fases ya superadas. Y en ocasiones sucede lo contrario: que la masa de trabajadores calificados, y aunque sea a través de sus propios intelectuales orgánicos, ejerce influencia política sobre los técnicos.
Como cuestión esencial del problema se presenta la diferenciación entre intelectuales como categoría orgánica de cada grupo social básico e intelectuales como Antonio Gramsci: La formación de los intelectuales 8

categoría tradicional, sobre cuya distinción emanan multitud de problemas y posibilidades de investigación histórica.
Desde el ángulo relacionado con el partido político moderno, la cuestión más interesante es la que atañe a su verdadero origen, a su forma y desarrollo. ¿Qué dependencia tiene el partido político con el problema de los intelectuales? Es preciso tener presente algunas consideraciones. En primer lugar, para algunos grupos sociales, el partido político no es más que el modo peculiar de crear su propia categoría de intelectuales orgánicos -y así se forman, y no pueden por menos de hacerlo dadas las características y condiciones generales del surgimiento, vida y desarrollo del grupo social determinado- en el campo político y filosófico y no en el de la técnica de producción.20 Y luego, porque el partido político, para cualquier grupo, es justamente el mecanismo que en la sociedad civil cumple similar función a la más vasta y sintetizada que practica el Estado en la sociedad política. Es decir, procura la soldadura entre los intelectuales orgánicos del grupo dominante y los intelectuales tradicionales; y el partido cumple esta misión subordinada a la esencial de preparar a sus componentes, elementos de un grupo social que nace y se desarrolla en lo económico, hasta convertirlos en intelectuales políticamente calificados, en dirigentes y organizadores de toda clase de actividades y funciones inherentes a la evolución orgánica de la sociedad, en lo civil y en lo político. De tal forma, puede decirse que, en su ámbito, el partido político realiza su misión más completa y orgánicamente que, en una esfera más amplia, cumple el Estado la suya. Un intelectual que entra a participar en el partido político de un específico grupo social se integra a los intelectuales orgánicos del mismo, se conecta estrechamente al grupo, lo que no sucede con la participación en el medio estatal más que relativamente, salvo en algunas ocasiones. De ahí, que muchos intelectuales piensan que son el Estado, creencia que, dada la masa imponente de la categoría, ha adquirido en ocasiones notoriedad y creado especiales complicaciones al grupo económico básico que realmente es el Estado21
La consideración de que todos los miembros del partido político deben ser estimados como intelectuales, es algo que quizá se preste a motivo de burla y de ridículo, pero, si se reflexiona, nada más exacto que esta afirmación. Podrá haber diferencias graduales y, sin embargo, lo importante no es el mayor o menor volumen de más o menos alta graduación en la composición del partido, sino su función directiva y organizativa, educativa, es decir, intelectual. Un comerciante no ingresa en el partido político para comerciar, ni un industrial para fabricar más y a menor costo, o el campesino para aprender nuevos métodos de cultivo de la tierra, aunque algunos aspectos de las exigencias del comerciante, industrial o campesino pueda satisfacerlas el partido político. Para estas exigencias, dentro de ciertos límites, están los sindicatos profesionales, donde las actividades económico-corporativas del comerciante, el industrial y el campesino encuentran el marco adecuado. En el partido político, los componentes del grupo social económico superan esta preocupación de su desarrollo histórico y se transforman en agentes de actividades generales de carácter nacional e internacional. Esta función del partido político se aprecia mejor después de hacer un análisis histórico concreto del modo en que se desarrollan las categorías orgánicas y tradicionales de los intelectuales, tanto en el terreno de los diferentes aconteceres históricos nacionales como en la evolución de los distintos grupos sociales más impor-tantes en el cuadro de los diversos países, especialmente de los grupos cuya vida económica se basa fundamentalmente en el trabajo especializado.
************ Antonio Gramsci: La formación de los intelectuales 9

N O T A S
*Mientras no se especifique lo contrario, todas las notas son del editor italiano.
1 El "intelectual orgánico" es otro de los conceptos fundamentales originados por Gramsci. El intelectual orgánico es, según sus propias palabras, el que emerge "sobre el terreno” a exigencias de una función necesaria en el campo de la produccion económica. Así, por ejemplo, el empresario capitalista crea consigo al técnico de la industria, etc. A su vez, el obrero instituye al organizador sindical, al revolucionario profesional y, también, a organizadores de una nueva cultura, etcétera.
2. De feudo. Eran llamados "feudales" los bienes concedidos por el rey o por los grandes señores a sus fieles, en pago de los servicios prestados de carácter militar. En el feudo, el señor tenía todos los poderes. El feudo se caracterizaba, también, por un tipo particular de economía que buscaba producir en sus dominios todo lo que le era necesario. Por eso, los intercambios eran limitadísimos, y los campesinos se hallaban indisolublemente ligados a la tierra que cultivaban, en condición de siervos de 1a gleba. El sistema feudal se difundió en Europa, por los franceses, en el siglo VIII y sólo fue definitivamente barrido por la vía de la revolución burguesa.
3. Esenciales son los grupos de la sociedad (clases) que históricamente se encuentran en disposición de asumir el Poder y la dirección de las otros clases, como, por ejemplo, la burguesía y el proletariado.
4. E1 Medievo, es decir, el período que va, aproximadamente, desde la caída del Imperio Romano (476 d. de C.) hasta el descubrimiento de América en 1492.
5. Los juristas y los abogados.
6. Gramsci se refiere al establecimiento de una cultura laica (no eclesiástica) surgido en conexión con la formación y desarrollo de la monarquía absoluta en Europa, el reino de Federico II y los señoríos en Italia y en función de las necesidades administrativas, diplomáticas y de otro orden, más bien que de las exigencias del prestigio cultural de las Cortes.
7. La relación entre la utopía, que hace a los Intelectuales creerse independientes de la clase dominante, y la concepción idealista, está en el hecho de que, según tales concepciones es el pensamiento, la idea, lo que crea la realidad, y no viceversa.
8. Dos de entre los principales exponentes del capitalismo italiano, accionistas, respectivamente, de la FIAT y de la Montecatini.
9. A propósito de esta frase, Croce desmintió que hubiera conocido a Agnelli y a Benni. Pero evidentemente Gramsci no alude a una relación física o material, sirve al hecho de que Croce había vertido al terreno de la cultura las exigencias económicas y políticas del gran capital italiano en una determinada fase de su desarrollo Antonio Gramsci: La formación de los intelectuales 10

10. Federik Taylor (1856-1915), Ingeniero norteamericano, fundador de la organización científica del trabajo, tendente a aumentar la productividad mediante una explotación más racional del trabajo de los obreros y algunas innovaciones en el sistema de producción.
11. Así, puede suceder que en alguna ocasión se tercie el freirse uno un par de huevos o coserse un desgarrón de la chaqueta, lo que no significa que se sea cocinero o sastre.
12. Literalmente uomo fabbro (el forjador) simboliza el trabajo manual. Y uomo sapiente (el sabio), significa la actividad intelectual.
13 No es por azar que, en la Unión soviética, 1a escuela politica es decir, científico-técnica, sea la base de la enseñanza..
14 El tipo de intelectual que simboliza Gramsci es el intelectual ligado orgánicamente al desarrollo de la organización politica de la dase obrera. Este nuevo tipo de intelectual dirigente nada tiene que ver con ciertas figuras inveteradas de caudillos políticos que se confiaban preferentemente en la oratoria y en la emoción. Por el contrario, el conocimiento de los problemas de la producción, de la técnica y de la economía deben acompañarle, junto con una visión general histórico-humanística de la realidad a modificar.
15. Encontramos formulado, de modo sintético y sumamente claro, uno de los pensamientos gramscianos más importantes, el de la dictadura (dominio) y hegemonía (dirección intelectual y moral), entre coerción y consenso Toda clase, para afirmar su poder, debe ejercer la dictadura sobre las clases antagónicas, pero al mismo tiempo debe asegurarse la dirección de las clases y capas sociales no antagónicas. La relación entre aquellas dos entidades, ambas esenciales y connaturales con la realidad del poder y del Estado no se manifiestan por Gramsci de modo abstracto, es decir, de una vez por todas. Esa relación se determina históricamente según la situación objetiva, estados de fuerza, etc. Queda, sin embargo, como cierto, que ninguna de las dos entidades es eliminable al menos hasta que desaparezca a Estado- y que la entidad consenso es no sólo fundamental, sino indispensable para la conquista del Poder y su mantenimiento y robustecimiento para la construcción de una sociedad nueva. El pensamiento gramsciano constituye un desarrollo original de la doctrina leninista de la alianza de clases.
16. En este caso, la organización militar se presenta como modelo de este conjunto de graduaciones: oficiales subalternos, oficiales superiores, Estado Mayor; sin olvidar la clase de tropa, cuya importancia real es mucho mayor de lo que se piensa. Es de notar que todos estos escalones Se sienten afianzados.
17. El concepto de trabajador improductivo se expone, entre otras obras, en el Corso di economía política de Loria publicada en 1909 y luego reeditada. Según Loria, trabajadores improductivos son las poetas, las filósofos, escultores, escritores de todo tipo, abogados, profesores, etc., quienes entran en pugna con los propietarios capitalistas, ya que éstos desearían aumentar al número de disponibles a su servicio para pagarles menos, mientras que a aquéllos les interesa lo contrario Es una de tantas extravagancias de Loria.
18. Junto a la que viven. Antonio Gramsci: La formación de los intelectuales 11

19. Las observaciones de Gramsci, válidas, en general, en el período en que las escribió, se amplían ahora. Estos intelectuales asumen, en la actualidad, nuevas funciones y no sólo técnicas, sino de organización de la voluntad de los obreros en apoyo a la dirección administrativa de la empresa a fin de aumentar la productividad (beneficios, en el régimen capitalista) conforme al ejemplo que presentan los técnicos fabriles en los Estdos Unidos. Su influencia política directa sobre los obreros puede ser observada en nuestros dias.
20. Gramsci se refiere aquí a la clase trabajadora, quien, a través de su partido, crea sus propios intelectuales orgánicos. “En el campo de 1a técnica de producción –añade Gramsci en una nota- se forman los estratos que podríamos decir equivalen a las clases de tropa del ejército, o sea, los trabajadores calificados o especializados de la ciudad y, mejor aún, los medieros y colonos en el campo:"
21 Gramsci alude a las contradicciones que, en ocasiones, pueden surgir entre determinados políticos que dirigen oficialmente el Estado y la fuerza económica, pero que, en realidad, son agentes o, como dice frecuentemente Gramsci, empleados.
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15 ago. 2013

Bajtín. Estética de la creación verbal.

Bajtín. Estética de la creación verbal

"Arte y responsabilidad"
"Autor y personaje en la actividad estética: El problema del autor"

8 ago. 2013

Mauricio Kartún en Montevideo



Hacia una nueva oferta de formación pública en Dramaturgia
Organizan Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación y Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático con apoyo del Instituto Nacional de Artes Escénicas del MEC
Mauricio Kartún en Montevideo: lunes 12 al viernes 16 de agosto
Como parte de las actividades preparatorias entre ambos centros de estudio públicos de una nueva oferta educativa vinculada a la formación en Dramaturgia, se invitó al Dramaturgo y Docente argentino, Mauricio Kartún a desarrollar una serie de actividades vinculadas al diseño del Plan de Estudio de la futura formación en Dramaturgia.
Kartún, es un referente ineludible en la formación de los y las dramaturgos/as iberoamericanos, ha sido docente de generaciones claves en el cambio del teatro rioplatense.
La labor pedagógica de Kartun se extendió fuera y dentro de la Argentina. Creó junto a Roberto Perinelli la Carrera de Dramaturgia en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Empezó a dictar Creación Colectiva en la Escuela Superior de Teatro de la Universidad Nacional del Centro, en Tandil, y la Cátedra de Dramaturgia en la Escuela de Titiriteros del Teatro San Martín. Fue una figura clave en la Carrera de Especialización y Maestría en Dramaturgia del IUNA, en la que también se han formado dramaturgos uruguayos.
Dice Kartún: Es claro que en esta especie de quimera que es la de formar artistas los maestros tenemos -por lo menos- tres clases de discípulos: aquellos a los que realmente formamos, realizamos, comprometiendo nuestro esfuerzo con su fe; esos otros a los que nunca podremos realizar por más que nos esforcemos y finalmente aquellos que uno no realiza sino que se realizan con uno, sin esfuerzo, y lo harían exactamente igual con cualquier otro maestro porque no necesitan en realidad que se los moldee sino que se los des-molde."
Kartún desarrollará las siguientes actividades en Montevideo: El lunes 12Jornada de trabajo interno Emad /Facultad de Humanidades a las 15.00 en la EMAD.  El martes 13 un encuentro con dramaturgos/as sobre formación a las 19.30 en la EMAD. Debate con dramaturgos
El miércoles 14  debate con docentes de ambas instituciones . 11.30 en la EMAD.

El jueves 15  a las 19.00 hs Charla de Kartún en Facultad de Humanidades: Visita guiada a la cabeza de un dramaturgo abierta a todo público.


Visita guiada a la cabeza de un dramaturgo

Una visita virtual a cada uno de los espacios interiores en los que el imaginario de un autor teatral manufactura su producción. La cabeza creadora “en planta”, graficada como factoría poética e ideológica. Una actividad interactiva en la que cada participante tienen la alternativa de preguntar, meterse en esas salas de creación del imaginario y tocar sus controles.
Una forma de entender de manera práctica los mecanismos productivos del artista.

Estructura de trabajo:
Un encuentro de 3 horas, con un recreo de 15 minutos en medio.
Cupo de participantes libre.

18 jun. 2013

POSICIONES NOTABLES DE LA TIERRA

POSICIONES NOTABLES DE LA TIERRA PARA EL AÑO 2013


INICIO DE LAS ESTACIONES FECHA HORA (uso horario)

O T O Ñ O Equinoccio (ARIES) 20 de Marzo 08:02 (+3)
INVIERNO Solsticio  21 de Junio 02:04 (+3)

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12 may. 2013

Hans-Ulrich Gumbrecht en Montevideo

Conferencia de Hans-Ulrich Gumbrecht en Montevideo



  El Dr. Gumbrecht, de la Universidad de Stanford, disertará el viernes 17 de mayo a las 18:30 hs. sobre:

La epistemología unidimensional de Denis Diderot


Sala de actos de la Embajada de Alemania en el Uruguay

La Cumparsita 1435 (esq. Barrios Amorin)
Plaza Alemania
11200 Montevideo


Auspician:

Departamento de Historia y Filosofía de las Ciencias de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación,  Universidad de la República.


Seminario de Análisis de la Comunicación de Ciencias de la Comunicación, Universidad de la República.



Hans Ulrich Gumbrecht (Würzburg, Alemania, 1948) estudió lenguas romances y filología alemana, filosofía y sociología en Alemania, Italia y España. Fue profesor en las universidades de Bochum y Siegen y profesor visitante en las de Río de Janeiro, Buenos Aires, Berkeley, Princeton, Barcelona, así como en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París.

Ocupa en la actualidad la cátedra Albert Guérard de literatura comparada en la Universidad de Stanford (Estados Unidos), en donde ha organizado algunos de los congresos interdisciplinarios más importantes de los últimos años: Writing / Écriture / Schrift, Más allá del dualismo. Convergencias epistemológicas entre ciencias y humanidades, El cuerpo del atleta, Cuerpo / Ética. Es asimismo profesor en la Universidad de Montreal y en el College de France.

Entre su extensa obra podemos citar los siguientes libros, traducidos al castellano: Producción de presencia. Lo que el significado no puede transmitir (Universidad Iberoamericana), En 1926. Viviendo al borde del tiempo (Universidad Iberoamericana), Los poderes de la filología (Universidad Iberoamericana), Elogio de la belleza atlética (Katz), Lento presente. Sintomatología del nuevo tiempo histórico (Escolar y Mayo), etc. Sus contribuciones en el campo de la filosofía, la teoría literaria, la teoría de los medios o la historia cultural del cuerpo, le convierten en uno de los filósofos más importantes de nuestros días.

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8 may. 2013

Émile Zola.Préface de la deuxième édition


Librairie internationale, 1868 (2e éd.) (pp. i-ix).

Préface de la deuxième édition
I  ►


Librairie internationale
1868 (2e éd.)

Préface de la deuxième édition Zola - Thérèse Raquin, Lacroix, 1868.djvu Zola - Thérèse Raquin, Lacroix, 1868.djvu/7 i-ix

PRÉFACE

DE LA DEUXIÈME ÉDITION


J’avais naïvement cru que ce roman pouvait se passer de préface. Ayant l’habitude de dire tout haut ma pensée, d’appuyer même sur les moindres détails de ce que j’écris, j’espérais être compris et jugé sans explication préalable. Il paraît que je me suis trompé.
La critique a accueilli ce livre d’une voix brutale et indignée. Certaines gens vertueux, dans des journaux non moins vertueux, ont fait une grimace de dégoût, en le prenant avec des pincettes pour le jeter au feu. Les petites feuilles littéraires elles-mêmes, ces petites feuilles qui donnent chaque soir la gazette des alcôves et des cabinets particuliers, se sont bouché le nez en parlant d’ordure et de puanteur. Je ne me plains nullement de cet accueil ; au contraire, je suis charmé de constater que mes confrères ont des nerfs sensibles de jeune fille. Il est bien évident que mon œuvre appartient à mes juges, et qu’ils peuvent la trouver nauséabonde sans que j’aie le droit de réclamer. Ce dont je me plains, c’est que pas un des pudiques journalistes qui ont rougi en lisant Thérèse Raquin ne me paraît avoir compris ce roman. S’ils l’avaient compris, peut-être auraient-ils rougi davantage, mais au moins je goûterais à cette heure l’intime satisfaction de les voir écœurés à juste titre. Rien n’est plus irritant que d’entendre d’honnêtes écrivains crier à la dépravation, lorsqu’on est intimement persuadé qu’ils crient cela sans savoir à propos de quoi ils le crient.
Donc il faut que je présente moi-même mon œuvre à mes juges. Je le ferai en quelques lignes, uniquement pour éviter à l’avenir tout malentendu.
Dans Thérèse Raquin, j’ai voulu étudier des tempéraments et non des caractères. Là est le livre entier. J’ai choisi des personnages souverainement dominés par leurs nerfs et leur sang, dépourvus de libre arbitre, entraînés à chaque acte de leur vie par les fatalités de leur chair. Thérèse et Laurent sont des brutes humaines, rien de plus. J’ai cherché à suivre pas à pas dans ces brutes le travail sourd des passions, les poussées de l’instinct, les détraquements cérébraux survenus à la suite d’une crise nerveuse. Les amours de mes deux héros sont le contentement d’un besoin ; le meurtre qu’ils commettent est une conséquence de leur adultère, conséquence qu’ils acceptent comme les loups acceptent l’assassinat des moutons ; enfin, ce que j’ai été obligé d’appeler leurs remords, consiste en un simple désordre organique, et une rébellion du système nerveux tendu à se rompre. L’âme est parfaitement absente, j’en conviens aisément, puisque je l’ai voulu ainsi.
On commence, j’espère, à comprendre que mon but a été un but scientifique avant tout. Lorsque mes deux personnages, Thérèse et Laurent, ont été créés, je me suis plu à me poser et à résoudre certains problèmes : ainsi, j’ai tenté d’expliquer l’union étrange qui peut se produire entre deux tempéraments différents, j’ai montré les troubles profonds d’une nature sanguine au contact d’une nature nerveuse. Qu’on lise le roman avec soin, on verra que chaque chapitre est l’étude d’un cas curieux de physiologie. En un mot, je n’ai eu qu’un désir : étant donné un homme puissant et une femme inassouvie, chercher en eux la bête, ne voir même que la bête, les jeter dans un drame violent, et noter scrupuleusement les sensations et les actes de ces êtres. J’ai simplement fait sur deux corps vivants le travail analytique que les chirurgiens font sur des cadavres.
Avouez qu’il est dur, quand on sort d’un pareil travail, tout entier encore aux graves jouissances de la recherche du vrai, d’entendre des gens vous accuser d’avoir eu pour unique but la peinture de tableaux obscènes. Je me suis trouvé dans le cas de ces peintres qui copient des nudités, sans qu’un seul désir les effleure, et qui restent profondément surpris lorsqu’un critique se déclare scandalisé par les chairs vivantes de leur œuvre. Tant que j’ai écrit Thérèse Raquin, j’ai oublié le monde, je me suis perdu dans la copie exacte et minutieuse de la vie, me donnant tout entier à l’analyse du mécanisme humain, et je vous assure que les amours cruelles de Thérèse et de Laurent n’avaient pour moi rien d’immoral, rien qui puisse pousser aux passions mauvaises. L’humanité des modèles disparaissait comme elle disparaît aux yeux de l’artiste qui a une femme nue vautrée devant lui, et qui songe uniquement à mettre cette femme sur sa toile dans la vérité de ses formes et de ses colorations. Aussi ma surprise a-t-elle été grande quand j’ai entendu traiter mon œuvre de flaque de boue et de sang, d’égout, d’immondice, que sais-je ? Je connais le joli jeu de la critique, je l’ai joué moi-même ; mais j’avoue que l’ensemble de l’attaque m’a un peu déconcerté. Quoi ! il ne s’est pas trouvé un seul de mes confrères pour expliquer mon livre, sinon pour le défendre ! Parmi le concert de voix qui criaient : « L’auteur de Thérèse Raquin est un misérable hystérique qui se plaît à étaler des pornographies », j’ai vainement attendu une voix qui répondît : « Eh ! non, cet écrivain est un simple analyste, qui a pu s’oublier dans la pourriture humaine, mais qui s’y est oublié comme un médecin s’oublie dans un amphithéâtre. »
Remarquez que je ne demande nullement la sympathie de la presse pour une œuvre qui répugne, dit-elle, à ses sens délicats. Je n’ai point tant d’ambition. Je m’étonne seulement que mes confrères aient fait de moi une sorte d’égoutier littéraire, eux dont les yeux exercés devraient reconnaître en dix pages les intentions d’un romancier, et je me contente de les supplier humblement de vouloir bien à l’avenir me voir tel que je suis et me discuter pour ce que je suis.
Il était facile, cependant, de comprendre Thérèse Raquin, de se placer sur le terrain de l’observation et de l’analyse, de me montrer mes fautes véritables, sans aller ramasser une poignée de boue et me la jeter à la face au nom de la morale. Cela demandait un peu d’intelligence et quelques idées d’ensemble en vraie critique. Le reproche d’immoralité, en matière de science, ne prouve absolument rien. Je ne sais si mon roman est immoral, j’avoue que je ne me suis jamais inquiété de le rendre plus ou moins chaste. Ce que je sais, c’est que je n’ai pas songé un instant à y mettre les saletés qu’y découvrent les gens moraux ; c’est que j’en ai écrit chaque scène, même les plus fiévreuses, avec la seule curiosité du savant ; c’est que je défie mes juges d’y trouver une page réellement licencieuse, faite pour les lecteurs de ces petits livres roses, de ces indiscrétions de boudoir et de coulisses, qui se tirent à dix mille exemplaires et que recommandent chaudement les journaux auxquels les vérités de Thérèse Raquin ont donné la nausée.
Quelques injures, beaucoup de niaiseries, voilà donc tout ce que j’ai lu jusqu’à ce jour sur mon œuvre. Je le dis ici tranquillement, comme je le dirais à un ami qui me demanderait dans l’intimité ce que je pense de l’attitude de la critique à mon égard. Un écrivain de grand talent, auquel je me plaignais du peu de sympathie que je rencontre, m’a répondu cette parole profonde : « Vous avez un immense défaut qui vous fermera toutes les portes : vous ne pouvez causer deux minutes avec un imbécile sans lui faire comprendre qu’il est un imbécile. » Cela doit être ; je sens le tort que je me fais auprès de la critique en l’accusant d’inintelligence, et je ne puis pourtant m’empêcher de témoigner le dédain que j’éprouve pour son horizon borné et pour les jugements qu’elle rend à l’aveuglette, sans aucun esprit de méthode. Je parle, bien entendu, de la critique courante, de celle qui juge avec tous les préjugés littéraires des sots, ne pouvant se mettre au point de vue largement humain que demande une œuvre humaine pour être comprise. Jamais je n’ai vu pareille maladresse. Les quelques coups de poing que la petite critique m’a adressés à l’occasion de Thérèse Raquin se sont perdus, comme toujours, dans le vide. Elle frappe essentiellement à faux, applaudissant les entrechats d’une actrice enfarinée et criant ensuite à l’immoralité à propos d’une étude physiologique, ne comprenant rien, ne voulant rien comprendre et tapant toujours devant elle, si sa sottise prise de panique lui dit de taper. Il est exaspérant d’être battu pour une faute dont on n’est point coupable. Par moments, je regrette de n’avoir pas écrit des obscénités ; il me semble que je serais heureux de recevoir une bourrade méritée, au milieu de cette grêle de coups qui tombent bêtement sur ma tête, comme des tuiles, sans que je sache pourquoi.
Il n’y a guère, à notre époque, que deux ou trois hommes qui puissent lire, comprendre et juger un livre. De ceux-là je consens à recevoir des leçons, persuadé qu’ils ne parleront pas sans avoir pénétré mes intentions et apprécié les résultats de mes efforts. Ils se garderaient bien de prononcer les grands mots vides de moralité et de pudeur littéraire ; ils me reconnaîtraient le droit, en ces temps de liberté dans l’art, de choisir mes sujets où bon me semble, ne me demandant que des œuvres consciencieuses, sachant que la sottise seule nuit à la dignité des lettres. À coup sûr, l’analyse scientifique que j’ai tenté d’appliquer dans Thérèse Raquin ne les surprendrait pas ; ils y retrouveraient la méthode moderne, l’outil d’enquête universelle dont le siècle se sert avec tant de fièvre pour trouer l’avenir. Quelles que dussent être leurs conclusions, ils admettraient mon point de départ, l’étude du tempérament et des modifications profondes de l’organisme sous la pression des milieux et des circonstances. Je me trouverais en face de véritables juges, d’hommes cherchant de bonne foi la vérité, sans puérilité ni fausse honte, ne croyant pas devoir se montrer écœurés au spectacle de pièces d’anatomie nues et vivantes. L’étude sincère purifie tout, comme le feu. Certes, devant le tribunal que je me plais à rêver en ce moment, mon œuvre serait bien humble ; j’appellerais sur elle toute la sévérité des critiques, je voudrais qu’elle en sortît noire de ratures. Mais au moins j’aurais eu la joie profonde de me voir critiquer pour ce que j’ai tenté de faire, et non pour ce que je n’ai pas fait.
Il me semble que j’entends, dès maintenant, la sentence de la grande critique, de la critique méthodique et naturaliste qui a renouvelé les sciences, l’histoire et la littérature : « Thérèse Raquin est l’étude d’un cas trop exceptionnel ; le drame de la vie moderne est plus souple, moins enfermé dans l’horreur et la folie. De pareils cas se rejettent au second plan d’une œuvre. Le désir de ne rien perdre de ses observations a poussé l’auteur à mettre chaque détail en avant, ce qui a donné encore plus de tension et d’âpreté à l’ensemble. D’autre part, le style n’a pas la simplicité que demande un roman d’analyse. Il faudrait, en somme, pour que l’écrivain fît maintenant un bon roman, qu’il vît la société d’un coup d’œil plus large, qu’il la peignît sous ses aspects nombreux et variés, et surtout qu’il employât une langue nette et naturelle. »
Je voulais répondre en vingt lignes à des attaques irritantes par leur naïve mauvaise foi, et je m’aperçois que je me mets à causer avec moi-même, comme cela m’arrive toujours lorsque je garde trop longtemps une plume à la main. Je m’arrête, sachant que les lecteurs n’aiment pas cela. Si j’avais eu la volonté et le loisir d’écrire un manifeste, peut-être aurais-je essayé de défendre ce qu’un journaliste, en parlant de Thérèse Raquin, a nommé « la littérature putride ». D’ailleurs, à quoi bon ? Le groupe d’écrivains naturalistes auquel j’ai l’honneur d’appartenir a assez de courage et d’activité pour produire des œuvres fortes, portant en elles leur défense. Il faut tout le parti pris d’aveuglement d’une certaine critique pour forcer un romancier à faire une préface. Puisque, par amour de la clarté, j’ai commis la faute d’en écrire une, je réclame le pardon des gens d’intelligence, qui n’ont pas besoin, pour voir clair, qu’on leur allume une lanterne en plein jour.
Émile Zola.
15 avril 1868.
http://fr.wikisource.org/wiki/Th%C3%A9r%C3%A8se_Raquin/Pr%C3%A9face_de_la_deuxi%C3%A8me_%C3%A9dition